
Estoy en clase, (así o más aburrida), sentada y pensando en cómo perder el tiempo y me gustaría contar una historia con final feliz. Me gustaría recordar que hace tiempo la tristeza se paseaba voluntaria, caprichosamente por sus vidas, que un día de estos se vieron sin pensarlo, sabiendo que se conocían, que ya cada uno había reparado en el otro, que ya la vida los había entretenido varios años en un paralelismo juguetón, a ratos coincidente, una vez, otra, muchas casi en el mismo lugar. Pero ya lo digo, apenas hace una semana se hablaron, se presentaron, se reconocieron como los extraños que son, que ya van dejando de ser. Su primera reacción tal vez, imagino, habrá sido la sorpresa, el mundo que es un pañuelo; ¿no los vigila el destino? Ya están, ya comienzan a ser unos de los que se besan y pretenden sonreír cuando recuerdan su tristeza, su sola búsqueda.
Y no importa, ya no importa en que termine.
Todo.
Esto, lo que se les huele hoy cuando te les acercas un poquito o cuando los miras a los ojos o si de casualidad los topas en la calle y los ves sonriendo como invitándonos a la felicidad.
Eso es lo que vale, lo que brilla, con lo que se quedarán cuando todo acabe.
¿De alguna manera todo acaba no?