
La felicidad da miedo, ahora lo recuerdo, hace ya bastante que no me emocionaban las canciones cursis del radio o el tiempo, o la piel misma de un extraño y ahora siento todo. Trato de no pensar y dejo que pase la vida con sus flores, con sus ojos, con su extraño paso doble y la música de fondo es una que no conocía. Todo esto, una felicidad fulminante, rara, llena de paz, justo cuando menos me lo esperaba, justo como me lo habían contado; como lo imaginé no, porque cada día descubro que la versión anterior puede mejorar. Y ya quiero que pasen muchos días para saber que este no es el más grande cliché de mi vida, que ya no vuelve la noche desamparada ni el ingenuo consuelo de seguir pretendiendo que pase el tiempo sin reparar en estas cosas. Estoy disfrutándolo de una manera que no hubiera pensado ya, deliciosa la imaginación me lo repite y lo reinventa sin alejarlo nunca…qué fácil es acostumbrarse a la felicidad.
La vi tan convencida, y sí, me alegró de algún modo el saber que ahí adentro la irrealidad le estaba dando el gusto.
La vi tan convencida, y sí, me alegró de algún modo el saber que ahí adentro la irrealidad le estaba dando el gusto.