
Era un hombre no mayor a los cincuenta años, o al menos el tiempo había marcado su seño para esa apariencia, vestía un traje negro, camisa blanca, corbata, zapatos, calcetines y bombin inglés, todo negro. Además su mirada era un tanto vaga, como alguien a quien la vida ha dejado de sorprenderle.
Si abriéramos la toma sólo veríamos a un grupo infinito de individuos igualmente ataviados transitando por la calle, siempre sobre la banqueta derecha de ésta, todos hacia la misma dirección. Los que regresaban, lo hacían usando, en forma religiosa la acera de enfrente. Los carros, igualmente, sobria y eternamente negros estaban ocupados por el mismo tipo de sujetos que no se atrevía nunca a desviar la mirada, siempre vaga y fija, no se sabe en dónde. Por demás estaría mencionar que la ciudad, como otras que conocemos, parecía absorber veloz e indiferente la vida de todos esos inmutables individuos quienes sin casi percibirlo se habían acostumbrado ya al smog mezclado con los hedores que se evaporaban gracias a ese sol implacable de la mañana.
Un suspiro impensado sobresaltó a nuestro hombre haciéndolo detenerse. Alguno, seguramente aquél desafortunado que caminaba, como usualmente lo hacía, un paso detrás de él, chocó contra su espalda, estupefacto ante un hecho que escapaba de su comprensión. Algo había roto la normalidad y ahora todos, sin entender lo que estaba ocurriendo, volteaban a ver a ese, al dueño del suspiro, al causante de aquél percance jamás imaginado.
Por la mente de nuestro individuo, había pasado su imagen. Sí, era él caminando sobre la misma calle, rodeado por la misma gente y deteniéndose sorprendido por aquél suspiro que lo hacía recordar el momento en el que se detenía gracias a un suspiro que le recordaba la vez en la que un suspiro lo detenía y así sucesivamente en una especie de recuerdo infinito que al mismo tiempo no lo dejaba recordar el por qué del suspiro.
Alrededor, todo lo demás también se había detenido, y el tiempo se había detenido abriéndole paso a un aparato gigantesco que se aproximaba calculadoramente a nuestro sujeto, retirándolo de forma impecable para insertar a otro individuo de negro a su imagen y semejanza, ya dispuesto desde antes para ocupar su lugar.