
Es la oscuridad de los poros abiertos y los ojos cerrados, la del deseo, la de las noches sin luz, la de los sueños que se van cumpliendo en cada una de las sábanas más suaves; la de los cuerpos. La oscuridad luminosa acompañada de estrellas o lunas o sueños, la que se escucha al oído y tan cerca que se siente como respiro en el cuello de la victima. La oscuridad del dinero, de las esquinas de las putas, de los borrachos en las calles solas o los vicios todos juntos en los parques. Esa oscuridad, la de los ciegos que huelen la vida en la calle, la lluvia o el frío. La desesperante oscuridad de las cajas cerradas, la de los monstruos debajo de la cama y en el closet. La de la humedad acariciante al terminar la lluvia o la bochornosa oscuridad de las olas chocantes en las playas desiertas y en el abisal océano de los peces desconocidos. La oscuridad infinita del espacio. La de todas las noches de los reos, la de los pobres, la indeseada, la ofensiva. La misma oscuridad solitaria de mirar al techo sin poder dormir e imaginar lo que hubiera pasado sin entender siquiera lo que si pasó. La primera oscuridad, la última. Esa misma oscuridad ahora, en mi cuarto, en mi duda, en el ir y venir de los carros allá afuera y el ladrido de los perros y todo lo anterior, todo junto aquí, adentro…